¿Víctima de maltrato en tu familia? ¡No estás sola!

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¿Por qué me pasa esto?  

¿He tomado las decisiones equivocadas y yo soy la única responsable de todo lo que está sucediendo?  

¿Estoy haciendo las cosas mal y merezco que me maltraten?  

¿Tendré que seguir soportando este martirio?  

¿Es acaso el matrimonio infeliz un camino sin retorno?  

¿Será la voluntad de Dios que yo siga callando? 

¿Es que ya Dios no me escucha o me ha abandonado?  

¿Dónde estaba Dios cuando era pequeña y fui abusada en mi propia familia?  

¿No pudo o no quiso El hacer algo para librarme de tanta vergüenza y humillación?  

 Es posible que alguna vez –o muchísimas veces- te hayas formulado algunas de estas preguntas. Para ti misma o dirigidas a Dios.  

 ¡No estás sola! 

El maltrato en todas sus formas -físico, emocional, sexual, financiero, espiritual- se ha apoderado de nuestra sociedad y causa dolor por doquier. Se percibe en la familia, en el barrio, en las calles de la ciudad o en el pueblo, en la escuela, en el deporte, en el ámbito laboral, en el gobierno y, lamentablemente, en la iglesia también.  

 ¡No estás sola! 

Millones de mujeres sobre la faz de la tierra -niñas y adultas, cristianas y no cristianas, ricas y pobres, analfabetas e instruidas, en oriente y en occidente, antes y ahora, en silencio o clamando a gran voz- comparten tu dolor. 

 ¡No estás sola!  

Muchas mujeres trataron de corregir infructuosamente su destino. Probaron ayudar a su novio o esposo, intentaron cambiar su propia conducta para que ellos no descargaran su agresión sobre ellas con la excusa de la provocación, volvieron a confiar una y otra vez y a tener esperanza ante los arrepentimientos y promesas del agresor. En vano… nada cambió. Porque nada cambia si no existe verdadero reconocimiento del mal producido, arrepentimiento genuino y aprendizaje de nuevas conductas saludables que reemplacen las conductas violentas consideradas “naturales” o, peor aún, “normales”.  

 ¡No estás sola!  

Tu Padre Celestial, cuya esencia es el amor, sabe que el aislamiento y la soledad te debilitan, te hacen sentir desprotegida, indefensa y desesperanzada. De modo que El mismo te comprende y viene en tu ayuda, condenando toda forma de violencia entre sus criaturas. “Porque él librará al menesteroso que clamare, y al afligido que no tuviere quien le socorra. Tendrá misericordia del pobre y del menesteroso, y salvará la vida de los pobres. De engaño y de violencia redimirá sus almas, y la sangre de ellos será preciosa ante sus ojos” (Sal 72: 12-14).  

 Dios viene en tu ayuda también a través de la familia de la fe. Por lo tanto, desecha a aquellas personas, aunque estén dentro de las iglesias, que no son confiables o que te condenan y te atan aún más. Pero busca a aquellos cristianos y cristianas que expresan la gracia de Dios y que están dispuestos a ayudarte en el camino de salida de la violencia. Los hijos e hijas de Dios son Su mano extendida en la tierra, y están llamados a tener misericordia y ayudar al prójimo, en especial a los más desvalidos y oprimidos. “Abre tu boca por el mudo en el juicio de todos los desvalidos. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del menesteroso” (Pr 31:8,9). 

 ¡No estás sola! 

Todos, hombres y mujeres, tenemos el desafío de dejar de considerar el abuso, en cualquiera de sus formas y en cualquiera de los ámbitos, como algo normal. En cambio, debemos incorporar nuevos modos de pensar y de accionar respecto de las pautas de relaciones humanas que se basen en la reciprocidad y el respeto mutuos, de acuerdo a la voluntad divina. “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro 12:2). 

 Mujer: ¡No estás sola!  

Porque la máxima provisión de Dios, como expresión de su amor para ti es su propio Hijo Jesucristo. “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lc 4:18,19). A través de Él, puedes renovar tu esperanza. “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Rom.15:13) 

Escrita por Maria Elena Mamarian, Coordinadora del Centro Familiar Eirene. Edición y producción Equipo de Comunicación Eirene.

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2 comentarios

  1. Quisiera inscribirme para el taller del sábado 26/8

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